LA SOMBRA DE LA TIERRA
N a t a l i a M e n d o z a
El correcaminos fue venerado como un animal sagrado por la huella que deja al caminar, su pie zigodáctilo imprime en la arena una X con cuatro puntas iguales que impiden saber en qué dirección se desplaza. La trayectoria es nítida, pero no revela destino ni propósito, no tiene enfrente ni atrás, pasado ni futuro. Eso le da una peculiar cualidad de omnipresencia a la churea, como se le llama con cariño.
Casi todo lo demás en el desierto se mueve hoy en un eje norte-sur y, aunque el engranaje es complejo, se distingue con claridad lo que va de lo que viene. Del norte llega la alfombra, metros y metros de recubrimiento suave impregnados con una larga historia de derrames y desprecios. Los segunderos sacan los rollos de la basura y los cruzan por la aduana para revenderlos acá. Del sur —¿o de China?— viene la tela camuflaje; hay para selva, desierto o montaña, para cazadores y para guerreros. Las dos superficies se unen aquí bajo el picoteo arrítmico de la máquina de coser, que va trazando los contornos de cientos, miles de pies, grandes y pequeños; aunque entre los migrantes que portarán la alpargata anti-huella predomina la talla 8.
Podrías caminar un día entero en estas tierras abiertas sin cruzarte con nadie, y aún así tu movimiento se inscribirá en una activa vida social, encuentros casi virtuales, mediados por el rastro y el desciframiento, desfasados en el tiempo, pero no por ello menos intensos. Por tu huella sabrán si eres forastero, si llevas una carga, si vas enfermo o huyes de algo. En otras regiones del mundo, el cuerpo es el lienzo sobre el que se despliegan los ornamentos que sitúan a la persona en la jerarquía de distinciones sociales; aquí los signos de esa identidad son indisociables del desplazamiento y quedan registrados en el paisaje, como la piel que desechan las serpientes. Los antiguos hopi fabricaban unas sandalias de yucca tejida con suelas diseñadas para grabar en el suelo símbolos que indicaban la afiliación étnica, el rango e incluso el nombre del caminante. Pero esa pisada orgullosa ya no cruza la frontera, porque todo lo que va en aquella dirección debe hacerse invisible.
Borrar huellas es un trabajo antiguo. En tiempos pasados, los contrabandistas cruzaban la frontera a caballo, preparaban las monturas en los ranchos cercanos a la línea y antes de adentrarse en territorio O’odham, contrataban a un borrador para que caminara atrás de ellos barriendo las pisadas de las bestias y las suyas propias. Los senderos difuminados corren de sur a norte, así que tarde o temprano tienen que atravesar la retícula de la Border Patrol: caminos rectos que cortan el paisaje este a oeste y que son limpiados diariamente para que todo rastro nuevo quede nítidamente plasmado en la arena suelta. Es ahí donde la suela de alfombra presta su servicio. No es que no deje huella, es que podría ser la marca del viento, o de una víbora, o podría no verse desde arriba de las camionetas de vigilancia. Este enfrentamiento constante entre celadores y contrabandistas ha empujado el umbral de lo detectable hacia una escala cada vez más ínfima. Mientras más tenues son las huellas que producen unos, con mayor insistencia arrasan la tierra los otros para que todo indicio quede expuesto.
Del norte llegan también las buenas conciencias, cargadas de agua potable y conmiseración que van plantando en puntos estratégicos del desierto. Caminan a sus anchas, y con aire devoto van recogiendo los galones de agua vacíos y las mochilas sucias. Acarician las alpargatas desechadas, las colocan en museos y las agitan en el aire exigiendo que se destruya el muro, afirman con vehemencia que las fronteras son arbitrarias y que ningún humano es ilegal.







