A mediados del 2020, en medio de la pandemia del COVID-19, Verónica Meloni transformó el encierro en laboratorio. En una vieja cúpula en el edificio donde renta su vivienda en Córdoba, Argentina _ un habitáculo abandonado dende la conserje guardaba sus instrumentos de limpieza- Meloni volcó su energía de artista del performance e intervención social, en una hechicería y psicología de las cosas. En esa “cueva de la impermanencia” (como la artista la designó) Meloni montó comedias con el caliche, el polvo y las escobas, evocaciones de La creación de la Sixtina con guantes percudidos, homenajes a Kasimir Malévich con esteros y galaxias efímeras derivadas de acciones para el Instagram.
Ese juego a la vez serio y sin propósito vino a condensarse en la exploración de las posibilidades figurativas, metafóricas y escultóricas de un arma ancestral: la boleadora argentina. Esa arma de guerra y caza de los tehuelches, que pasó luego a identificar al colonizador gaucho, devino en la cueva de Meloni materia de constelaciones. Ese no es eco casual: las leyendas tehuelches identifican el cinturón de Orión como la boleadora ____ no alcanzó al Ñandú, quien dejo sus huellas en la Cruz del Sur. Esta muestra sigue esas huellas en una multitud de obras que son acciones e imágenes que son sueños también.
Cuauhtémoc Medina
Leyenda de la Cruz del Sur
Una tarde, hace muchisismos años, un grupo de hombres estaba cazando con boleadoras (iatchicoi) iban tras el rastro de un gran ñandú macho (kank) que se les venía escapando desde hacía tiempo (…)
Más allá, sobre el filo de la meseta, hacia donde se dirigía el ñandú, el sol había pintado un hermoso arcoíris (giher). Justo en ese momento, el momento, el más ligero y resistente de los cazadores, llamado Kokoronke, se acercó bastante. Pero el ñandú astuto, sabiéndose acorralado del abismo, giró bruscamente y, como si se lanzara al vacío (…) empezó a trepar por ese camino de colores con sus largas y elásticas zancadas. (…)
Dicen la abuelas tehuelches que una de las huellas que el ñandú dejó en su carrera sobre el arco iris quedó para siempre grabada en el cielo, dibujada con cuatro estrellas. La llamaron choiols, que significa “huella de ñandú en el cielo” . Esta constelación no es otra que la cruz del sur, el inevitable punto de referencia de todos los caminantes y marino del hemisferio austral. Kokoronke no pudo hallar sus boleadoras en el suelo. Pero las descubrió en el cielo, convertidas en uan nueva constelación que recibió el nombre de cheljelén. Que no es otra que las Tres Marías.
Fuente: Mario Echeverría Baleta, La leyenda de la cruz del sur
No lloremos por el mundo que hemos dejado atrás, si el nuevo mundo que ahora descubrimos tiene la ventaja de una aparición, de una sorpresa, de una adquisición más, de un enriquecimiento sobre los datos en que operó su “error” la poesía. La Creación por por el Logos.
En el escarabajo de los egipcios, que trabaja con los residuos de una catástrofe vital, volvemos a encontrar esta imagen de la creación. En el orden funcional de la naturaleza, hasta donde nos es dado abarcarlo, toda creación es el resultado de alguna catástrofe anterior. Por eso Mallarmé comienza por bajar hasta el remolino del naufragio. (…) ¿Va a hundirse para siempre? No: desde su abismo giratorio, lanza los dados como boleadoras de gaucho. ¡A ver si logra enredar un día las piernas furtivas de la Casualidad, del azar que es la cacería que persigue!
Alfonso Reyes, Meditación sobre Mallarmé” (1942)



